Una ventana

Todos los días se asomaba para ver qué tiempo hacía. No creía en las previsiones meteorológicas. Había comprobado, en varias ocasiones, que  pese a que sobre el mapa había colocado un resplandeciente sol, de repente, podían aparecer nubes que lo tapaban y lo tornaban todo gris. Así que se asomaba para cerciorarse.

No siempre ese vistazo matutino le dejaba claro por dónde iba a ir la jornada. Aunque los rayos calentasen ya al amanecer y el cielo luciese azul, últimamente, sin esperarlo, llegaban bancos de niebla. Densa niebla que hacía que los días se tornasen tediosos. Así que ideó cambiar de táctica.

Dejó de asomarse a la ventana. No le gustaba lo que veía y pensó que mejor no mirar. Si los colores llenaban el espejo, sonreía y tiraba para adelante, a pintar con aquella paleta las tonalidades de la jornada. Si el espejo reflejaba tonos grises, para qué esforzarse, escribiría un día en blanco y negro.

Quienes la rodeaban no veían la diferencia. Nunca se habían asomado a su ventana, se limitaban al reflejo del cristal, ni una ojeada al interior. Todos daban por hecho que era una ventana primaveral, en la que hasta los tonos otoñales eran simplemente momentos de palidez de la alegría. Allí no había sitio para la nostalgia, ni para la tristeza,… Todo era cuestión de luces externas, las internas, se suponían encendidas y con potencia. Siempre.

Fue su estrategia de supervivencia.

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