Cansancio

Cuando se despertó, todo seguía igual, el cansancio volvió a caer sobre su cuerpo como una losa. Ese cansancio que no lo abandonaba, ese cansancio físico y mental que cada noche esperaba que desapareciera tras las horas de sueño. Pero siempre volvía. Tenía que afrontar la realidad, la que le había tocado vivir, a la que había llegado por sus propias decisiones, por su actitud ante la vida, por su concepto de la responsabilidad, de la familia, de la amistad, del trabajo. Sólo había una manera, con valentía.

No era valiente, hacía años que había dejado de serlo. Porque valiente es quien no se calla, quien deja claro cómo es, lo que piensa, por lo que no está dispuesto a pasar. Valiente es quien actúa, quien da los pasos necesarios para cambiar el mundo sin que el mundo lo cambie a él. Valiente es quien está dispuesto a perder porque ganar siempre sabe que no lleva a buen puerto; quien cuando ve que el panorama es horrible coge la brocha y pinta de colores los grises que lo rodean. Valiente es, en definitiva, quien no tiene miedo.

Él lo tenía. Tenía auténtico pánico a poner en marcha sus ideas, a moverse en la dirección que su mente le indicaba desde hacía meses, a poner en práctica las escenas que se había imaginado: cerrando puertas y abriendo nuevas ventanas. Ventanas tras las que siempre lucía el sol, tras las que la sonrisa se perpetuaba en su cara, las carcajadas llenaban los silencios, y todo el mundo era feliz. Ventanas tras las que no había discusiones, enfados, cabreos, decepciones, tristeza, agobios, ansiedad. Ventanas tras las que nada se ponía por delante, no había peros, sólo empuje, decisión, optimismo, fe en el futuro, en que todo era posible porque él era capaz de todo.

A ver si en su próximo despertar el cansancio se esfumaba, no perdía la esperanza, porque para ser valiente y no tener miedo, no se puede estar cansado.

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Un sueño hecho realidad

Era un domingo de frío invierno, había niños jugando con la nieve. Martín estaba en casa haciendo los deberes que le ponía su madre. Estaba muy aburrido, quería salir a jugar con sus amigos. A Martín no le gustaba el deporte. Acabó su tarea y cenó.

Era muy pronto así que su madre lo mandó a leer a su habitación. Martín no quería. Decidió escaparse al parque un rato con sus amigos. Cogió sus cosas y salió por la ventana de su habitación. Hacía mucho frío, fue a buscar a sus amigos pero no estaban y se puso muy triste. Como no quería volver a su casa se fue a dar un paseo.

Después de mucho caminar se sentó en un banco enfrente de un teatro. Por la ventana del teatro vió a un bailarín. Le sorprendió como bailaba, entonces ¡¡¡le gustó!!! Miró su reloj y… ya era hora de irse, fue corriendo muy fatigado hasta que llegó a su casa. Se metió por la ventana, igual que cuando salió y cogió su libro. En ese momento entró su madre en la habitación para que se durmiera.

Por la mañana, ya se había acabado el fin de semana. Desayunó con su madre y le dijo que de mayor quería ser bailarín. Ella dijo que era una chorrada y que debería ser abogado o político. Se quedó muy triste y fue al colegio. Lo comentó a sus amigos y ellos se rieron porque pensaban que eso era trabajo de chicas. Se puso todavía más triste.

Al salir al recreo, Martín en el tabló de anuncios encontró un cartel que ponía: “Este sábado actuación de bailarines”. Fue corriendo al teatro, quiso ver cómo bailaba, y bailaba muy bien. Le dieron un papel para que el sábado fuera a bailar.

Ese sábado Martín se escapó de casa y fue al teatro. Estaba preparado, salió y bailó lo mejor que pudo. Fue genial y para él UN SUEÑO HECHO REALIDAD.

OSNOLA RAAL

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Mi sueño

Yo no leí nunca a Freud pero seguro que él tiene una explicación para mi sueño de esta noche, aunque yo voy a contaros cuál es la mía. Nostalgia.

Todo olía a picatostes, o torrijas, si preferís ese nombre. Y también olía a “matajudíos” o limonada, que es más común y “políticamente correcto” llamarlo así. Yo bajaba por la escalera y salía a la huerta. Hacía frío, un frío seco, nada húmedo. No había roses, ni tomates, ni pimientos… todo parecía un poco desierto, pero en realidad yo sabía que mi güela había plantado las semillas que esperaban dentro de la tierra a que llegase la primavera para florecer. El nogal lucía con pocas hojas y el cielo tenía ese gris plomizo que aventura una jornada fría. Una más, como todas las Semanas Santas leonesas, que eran las mías.

San Pedro estaba en silencio. Era temprano. En el hostal mis primas, más dormilonas que yo, siempre, remoloneaban hasta que sonasen las campanas y el murmullo de la gente del pueblo yendo a misa. Sólo entonces se les despegaban las sábanas y bajaban a desayunar. No había prisa, ninguna. Por delante teníamos una jornada larga en la que seguro que venían a buscarnos Ángel y Dani para ir a tomar algo a Hospital de Órbigo. Por la tarde tocaría procesión en Astorga. Iríamos todos, en dos coches, como siempre. Pero antes comeríamos garbanzos con bacalao, que era viernes de dolores y con compango no se podían comer ni cocinar.

Y quien cocinaba estaba allí, frente a la cocina de carbón, apoyada en la barra. En silencio, con una taza de café sujetada por sus dos manos. Mirando a la puerta a ver quién iba entrando y desfilando. Uno a uno, después de pasar por la huerta y hacer cola en el baño. Yo me acerqué a ella, le di los buenos días y un beso. Ella sonrió y entonces yo me desperté. Tal vez porque el gesto de mi beso era lo que menos cuadraba en la escena, no era lo habitual. Sin embargo, daría lo que fuera por poder hacerlo en este viernes santo.

Pero hoy toca espicha, nubes y humedad y nada de procesiones. Porque hoy, años más tarde, estoy en Asturias y no en León. Un abrazo a todos los que compartisteis conmigo el sueño y tantas semanas santas cazurras (léase cazurro con todo el cariño del mundo, lo sabéis).

 

La televisión de Tini

Podría titular este post “Tele Tini” pero ese término fue utilizado como un ataque durante tantos años contra todos los que conformamos la Radiotelevisión Pública del Principado que no quiero llevar a confusión. Era un insulto con el que querían infravalorar nuestro trabajo. Se lo inventaron porque Vicente Álvarez Areces, cuya cabeza había ideado el invento, salía demasiado en la pantalla, pobres ignorantes. Era el presidente del Principado y su agenda política era inmensa y siempre a pie de calle, con la gente, con los empresarios, con los sindicatos, en las fiestas,…, donde sucedía algo, allí estaba el Presidente, y como no, una televisión autonómica, joven, con ganas de comerse el mundo, de demostrar a todos los asturianos que aquella idea denostada de Areces de tener una televisión pública merecía la pena.

Nos inventó para hacer una Asturias más unida, más vertebrada, más moderna. Nos creó porque creía que los asturianos se merecían tener una tele autonómica que les llenase de orgullo e identidad, que les diese voz y los conectara de ala a ala. Nos hizo para atraer empleo joven, para modernizar el mercado laboral, para potenciar una nueva industria, la audiovisual. Para ello nos dotó de la última tecnología y de dinero, quién pillara hoy aquél presupuesto de más de cuarenta millones. Con él viajamos a México, a Panamá, a China, a los Emiratos Árabes, a Sudáfrica, …  y a Europa, porque si algo valoraba Tini era la Unión Europea y la necesidad de que Asturias se beneficiara de las políticas comunitarias. Emitíamos la Fórmula Uno con un Fernando Alonso en pleno apogeo, retransmitíamos partidos de Champions,… eran otros tiempos sí, no había crisis, había dinero y había voluntad política de que aquella tele pequeña del convento de las clarisas de Gijón se convirtiese en algo grande. Lamentablemente no fue así, lo que vino después, para otro momento.

Cuando llegué al puesto que hoy ostento fue el único político que se interesó por conocerme. Intercambiamos mensajes telefónicos e intentamos concertar un café, que nunca llegó. Pero nos pusimos cara en el Pozu Sotón, en una Feria de Turismo Minero. Desde entonces estuve siempre en sus envíos masivos de whatsapp y en los individuales. Nunca, jamás, dejó de contestarme a una pregunta, al igual que a todos los periodistas que se acercaban a él. Siempre estuvo dispuesto a ayudarme. La última vez este martes cuando murió Juan Cueto y le pregunté si sabía cuándo llegaba el féretro a Asturias. “Aún no lo sé, pero en cuanto me entere te aviso”, y lo hizo.

Gracias, Presidente.

Dos años

Setecientos treinta días, diecisiete mil quinientas veinte horas, un millón cincuenta y un mil doscientos minutos,… una eternidad o un suspiro. Es el tiempo que llevo en el puesto de trabajo que ocupo en la actualidad. Lo afronté como un reto profesional y sigue siéndolo, igual de importante. Continúo desempeñándolo con ilusión, responsabilidad y con las mismas ganas. Porque hubo días malos, horas negras, minutos nefastos, pero hubo muchos más días buenos, horas brillantes y minutos extraordinarios. Porque nunca pensé llegar aquí y no pienso desaprovechar la oportunidad que me da la vida. Porque creo en esta televisión por la que mi vida dio un giro hace, nada más y nada menos que, trece años. 

Creo en su esencia de servicio público, en su naturaleza de vertebrar el territorio, en que es una referencia informativa, en el reconocimiento que todos los asturianos hacen del trabajo de sus profesionales, de todos. De los que están, de los que estuvieron, de los que son y de los que fueron, de cada uno que ha aportado su pequeño granito de arena. Creo en su futuro, pese a que son malos tiempos para la lírica y la utopía. Creo en sus posibilidades, infinitas. Creo en el trabajo, en el esfuerzo, y en la capacidad de convencer a muchos para que crean. Los que ya están perdidos no volverán, allá ellos. Y sobre todo creo en mí, en mi honestidad, en mi sinceridad y en mis proyectos. Así que vamos a seguir sumando días, horas y minutos, ya sean malos, pésimos, buenos o excelentes. Lo importante es sumarlos y vivirlos. Lo contrario es estar muerta. 

Equidistancia

La definición de la RAE es escueta: igual de distancia entre varios puntos u objetos. Podría quedarme ahí pero siempre me gustó la interpretación figurada de las palabras así que voy a ir más allá. Saliendo del ámbito matemático y yendo al político o filosófico una encuentra explicaciones a la equidistancia que la hacen alejarse de esa postura. Ser equidistante es no tomar partido, es quedarse quieto y ante el debate no opinar, no decantarse por una idea u otra. Yo, no puedo, y en estos momentos no quiero y creo que no debo.

Me gusta España, me gusta mi país, me gusta su sociedad y sobre todo, me gustan sus logros. Recuerdo el orgullo que sentí cuando se aprobó la Ley que regulaba el matrimonio homosexual y se equiparaba la situación de muchos de mis amigos con la mía. Tenían mis mismos derechos y yo era feliz, por ellos y por todos, por el futuro. Recuerdo mi satisfacción por la aprobación de la Ley de Memoria Histórica y las lágrimas de muchas personas que veían las puertas abiertas a recuperar a los suyos o simplemente, a recuperar sus vidas, sus relatos, su realidad tanto tiempo escondida por vergüenza. Recuerdo aquel 7 de octubre de 2004 cuando por unanimidad nuestros políticos, todos, votaron a favor de la Ley Integral contra la Violencia de Género. Aún escucho el aplauso cerrado de la Cámara que yo seguía por un pequeño monitor de mi ordenador. Aquel día todas y todos los españoles fuimos un poco más iguales y entraba en el imaginario colectivo la realidad de que nadie es superior a nadie ni nadie debe dominar a nadie. Aquel día demostramos al mundo que éramos capaces de ponernos de acuerdo y de avanzar hacia una sociedad más moderna, más civilizada, más constructiva. 

Estos recuerdos, entre otros, son los que no me permiten aceptar la equidistancia como una postura a mantener en estos días. Porque ha irrumpido en el espacio político una fuerza que quiere acabar, entre otras cosas, con estos derechos adquiridos que a mí me enorgullecen de ser española. Y lo quieren hacer porque beben del descontento social, de la crisis económica que ha empobrecido a los de abajo, de la falta de respuestas a miles de preguntas,… No debemos de darles agua, debemos apagar su fuego porque, de verdad, si no, yo creo que nos acabaremos quemando. Todos.

Resistencia

Noche cerrada en el Pozu San Luis y sólo eran las siete de la tarde. La plaza frente a la casa de aseos abarrotada de coches y ni una sola luz que alumbrase la explanada. No hacía falta, todos sabían dónde tenían que entrar y lo hicieron. Sólo había dos bancos que se quedaron más que pequeños. La gente se buscó su hueco en las escaleras laterales, en el hueco de las duchas, en los pasillos de las taquillas, bajo las perchas de las que colgaban monos de faena y al lado de los cascos de los mineros. Todos encontraron su sitio porque no querían perderse la presentación de Los niños de humo. 

No había ni un periódico, ni un fotógrafo en acto de servicio, ni tampoco estaba la TPA. Un fallo en la planificación de sus responsables (aquí entono el mea culpa) porque no iban a inmortalizar el acto literario más importante de la Cuenca del Nalón de la jornada, de la semana y, probablemente, del mes. Y ya paro. Pero sí había muchos periodistas, muchos fotógrafos, y sobre todo, güeles de humo, padres y madres de humo, hijos y hijas de humo y, forzando, guajes y bebés de humo. Porque aunque ya nada huela ni a humo ni a carbón, es una esencia que se lleva en la sangre. 

Frente a toda aquella gente un editor, claramente sorprendido por el éxito de convocatoria, y una escritora, me atrevería a decir, abrumada y sorprendida por lo mismo. Había familia, cómo no iba a haberla, y había amigos, muchos y muchas, pero también había gente que iba porque quería conocer a Aitana Castaño, esa periodista de caleya que arrasa en facebook cada vez que escribe algo, con su sinceridad y sorna natural, con ese humor negro del que ella habló y que, como bien explicó, muchas veces no se entiende fuera de las fronteras de las cuencas mineras asturianas. 

Aitana habló mucho, si no, no sería Aitana. Lo hizo con una camiseta especial en la que se veía una fotografía  de un grupo de mineros posando en el frente del Pozu Sotón, un 14 de agosto de 1942. Entre aquellos paisanos, el sexto por la derecha, era su güelu. Aitana habló mucho y deprisa, quizás un poco más rápido de lo habitual por los nervios. Aitana habló al micrófono, como si estuviese en una conexión radiofónica o haciendo un directo en la tele, ese medio de comunicación que unió nuestras vidas hace ya seis años. Aitana habló y habló y todos la escuchamos y aplaudimos. 

Porque no pudo encontrar un marco mejor para arrancar la gira de presentación de su libro, ni un lugar más adecuado para hablar del porqué de su decisión de publicar 37 relatos acompañada, nada más y nada menos, que de Alfonso Zapico. Es una deuda que salda, en su nombre y en el de todos nosotros, los niños de humo. Los de “la primera generación de las cuencas que no trabaja en la mina y la última que lo podemos contar porque la vivimos directamente”. Los de la emigración por oportunidades laborales y los de la “resistencia”, que tenemos la suerte de seguir aquí. Todos sabemos, como Aitana dijo, que existen unos valores que nos unen, que nos definen, que marcan nuestra identidad. Unos valores que llevamos más allá de nuestras fronteras y que son muy nuestros. 

Gracias Aitana, gracias Alfonso, por dar este paso por todos nosotros. Yo hoy quería dedicaros este pequeño post. 

Ella sabía la verdad

Otra noche con pocas horas de sueño. Otra mañana con dificultad para levantarse de la cama. Otro día de locura por delante. Otra jornada deseando volver para ponerse el pijama, sentarse en el sofá y perderse en una serie de ficción hasta altas horas de la madrugada. Un día menos en el calendario, un día más de su vida. Nada más y nada menos que eso, un día más de su vida.

Eran vertiginosos, todos, pero eran. Y eso llenaba cada uno de importancia. Porque sabía que para muchos, ya no, ya no podían ser, y eso sí que era triste. Así que cada lágrima, cada sonrisa, cada riña, cada conversación agradable, cada café, cada saludo, cada desprecio, cada detalle, todo era un enriquecimiento del tiempo, de ese tiempo que siempre superaría a la vida.

Su pelo era moreno, sus ojos, marrón-verdoso, según aquéllos que la miraban bien. Su rostro sincero, con ojeras por las escasas horas dedicadas a dormir y por las preocupaciones. Su sonrisa y su sinceridad, su mayor tesoro, aunque en ocasiones su peor enemigo. Con defectos, como todos. Sin embargo muchos se empeñaban en verla rubia, de ojos azules. Con una cara de cemento armado por el cinismo. Mentirosa y mal encarada. Para nada una persona en la que confiar.

No le importaba. Ella, sabía la verdad.

Lo normal

Mis hijos viven su infancia de la forma más normal posible. Creo que es lo que ellos piensan, como todos los niños. Disfrutan de lo que tienen siempre, sea mucho, sea poco, incluso, sea nada. Así es la niñez, inocente y feliz. Salvo aquellos pequeños que se encuentran con desalmados en el camino que abusan de ellos, les golpean o les tiran misiles y les expulsan de sus países. Pero ese abuso de los derechos de la infancia lo dejaré para otro momento.

Insisto. Mis hijos viven de la forma más normal posible. Entiéndase por normal que viven en el pueblo donde yo nací, van al colegio en el que yo estudié, juegan al fútbol, pintan, leen, ven la tele, ríen y lloran, disfrutan de sus abuelos, de sus primos, de sus tíos, de sus amigos e incluso, de los míos. Fue el destino quien les llevó a esta vida, mi destino.

Vivirían de la forma más normal posible también en el piso del barrio de El Pilar de Madrid en el que yo residía cuando trabajaba allí. Irían a otro colegio, jugarían en otros equipos de fútbol, pintarían, leerían, verían la tele, reirían y llorarían, disfrutarían de sus abuelos, primos, tíos (mucho menos tiempo, eso seguro), de sus amigos y de los míos.

Los niños viven de la forma más normal posible en un piso de cincuenta y dos metros cuadrados, en uno de ciento catorce, incluso en una finca de más de dos mil, con piscina o sin ella, con casa de invitados o sin ella. Siempre para ellos es normal su forma de vida. Es lo que sus padres les ofrecen y, queramos o no, tenemos la inmensa responsabilidad de ser su guía vital, al menos, hasta la adolescencia.

Lo malo es cuando lo normal se transforma en anormal por el mero hecho de que no encaja. Entonces los niños acaban descolocados.

Sin horizonte

Hay demasiadas cosas que suceden que sólo tienen una explicación, buscan provocar. Quieren desatar una reacción y, si es negativa, mucho mejor. ¿Por qué? Porque así tendrán justificación para sus propias acciones posteriores que serán aún peores. Y porque así logran el principal objetivo, entrar en la espiral de no retorno.

Somos las sociedades del sin fin, aquéllas que hemos vivido tiempos convulsos, de cambios no violentos, pero brutales. Estamos metidos en círculos viciosos que son inexplicables. Tropezamos una y otra vez con la misma piedra y no acabamos de solventar problemas históricos que se repiten y se repetirán porque, sólo así, se sostiene el discurso de muchos, por no decir, el discurso de todos.

No hay argumento del contrario que merezca ser escuchado. No hay paso adelante que no busque tapar al que viene por detrás. No existen manos tendidas que no esperen recompensa. No hay memoria histórica que no sirva para reprochar. No hay futuro constructivo que no destruya el pasado.

No hay un horizonte claro porque el presente es opaco.