Cambia el paisaje

Por la carretera general hay mucho menos tráfico. Ahora los coches pasen sobre el río, por encima del puente La Oscura, como si estuviesen volando. Desde la gasolinera de La Vega no se ve el lavaderu. La otra orilla presídela el pájaru de Alcampo, principal decoración del macroedificiu que nos trajo los cines a la puerta casa. Coses buenes que hacen que los paseos desde el Poli hasta los rosales del camín de Carrocera se recuerden con menos nostalgia. No se mueve la rueda del castillete del Pozu Entrego y desde la terraza del Camilo lo que se ve detrás ye otru edificiu grande donde además de investigar hácense hasta pases de moda. Por no hablar de la escombrera, únicu sitiu donde se pue aparcar con alguna garantía en el pueblu.

Ya no hay fuentes. Ni en la Plazoleta ni en el Jardinillo. Aunque éstos siguen siendo los sitios donde queden los guajes que quieren vese depués de clase. Eso sí, ahora tiénenlo más difícil pa jugar al fútbol, con los patinetes, o con lo que sea… les terraces ocúpenlo casi too. Y no hay víes delante casa mi madre. Ye bajar y entrar en el parque La Laguna. La Antigua Estación ye ahora una cafetería y donde taba la de verdad, en la que yo iba a recoger el pan de León, ahí ta el Café de Abel. Hay que andar unos pasos más pa poder pillar el tren pa ir pa Oviedo, que ési tovía no nos lu quitaron. Los mismos pasos que pa ir al instituto, que ahora ta donde taba el patio del colegio del Japón, porque donde el de antes hay también aparcamientu. Somos menos vecinos pero coches hay pa parar un carro. Desapareció la sierra del Trabanquín y ahora tenemos parque inglés, el que acaba donde el nuevu campo de fútbol. No me digáis que no, ésti ye mucho menos íntimu que el de antes, al menos pa los adolescentes.

Podría seguir enumerando más cambios, 41 años dan pa ello, pero voy a dejalo. Porque esos cambios no ye lo que importa. Lo que importa son les ausencies, les persones que ya no vamos a encontrar por la calle de El Entrego. Son esos paisanos que siempre estaben ahí, que siempre teníen algo que decite cuando te cruzabes con ellos. Una broma, una sonrisa o un saludu rápidu, porque una suele ir con prisa. Desde que volví a casa, va pa doce años, hay muchos que desapaecieron. Esta semana na más y na menos que dos. Y una siente que el paisaje cambia, que les calles queden vacíes. Y una siente pena, muy dentro, pena de verdad, de la que te baja el ánimo y te haz consciente del paso del tiempu.

Disfrutemos el que tenemos. Saludémonos siempre, dediquémonos una sonrisa, un leve movimientu de cabeza… Somos vecinos y en El Entrego eso sabemos muy bien lo que significa. Como hoy diz uno de nuestros vecinos más conocíos en el periódicu “hagamos pueblu” que de éso tenemos y tuvimos auténticos maestros.

Microprisma

Un día más, un día menos. Demasiado frío, poco calor. Escasos claros, muchas nubes. El prisma, el puñetero prisma. Ese que hace ver el vaso medio lleno o casi vacío. Ese que nos puede alegrar el día o jorobarlo en un instante. Pero bendito prisma que nos permite mirar. Escudriñar la vida o simplemente espiarla; odiarla o quererla; disfrutarla o dejarla pasar; morderla con dentelladas de pasión o echar un pequeño sorbo, no sea que nos siente mal. Pero al fin y al cabo, vivirla.

No la desaprovechemos porque incluso el segundo más pequeño y negativo de ella merece la pena. Esa milésima partícula de tiempo que seguimos viviendo nos llevará a momentos de satisfacción, de tranquilidad, de éxito, … Nos llevará al futuro, ese que espera en la siguiente letra, palabra, signo de puntuación… Ese futuro que me trajo hasta aquí, hasta este otro aquí, y que me llevará al más allá.

No es tristeza

Es impotencia, es dolor. Es asomarse a la ventana y recordar. Es la certeza de saber que ya nunca nada va a ser igual. Es la convicción de que no hay marcha atrás. Es la sensación del no saber por qué. Es la necesidad de entender. Es la búsqueda continua de explicación. Es la pregunta constante que una tiene en la cabeza, que oculta, que pospone, pero que cada día vuelve. Por todo: por la ventana, por la calle, por el colegio, por las risas, por los llantos, por la parada del autobús, por el pueblo, por las visitas, por las presencias, por las ausencias, por los mensajes, por la playa, por la montaña, por la nieve, por la sidra, por el cine, por las fiestas, por los partidos, por los novios, por los hijos, por los amigos, por los años,… No es tristeza. Es impotencia, es dolor  que aparece de repente, que llena los ojos de lágrimas de rabia, la cabeza de dudas, el corazón de culpablidad sobrevenida. Es el no comprender, el creer que había un fuerte lazo que apenas era hilván. Es la seguridad de que el roto ya no se podrá coser.

Igual sí es tristeza que acrecienta la impotencia y el dolor.

Todo acaba

No hay nada eterno. Desde la perspectiva humana, nada es infinito. Principalmente porque nosotros, que somos los que contemplamos el mundo, tenemos un final. Queramos o no, todo se acaba. Pero lo difícil no es asumir ese final, si no, los finales que tenemos que afrontar a lo largo de nuestra existencia.

Pensad en el primer llanto de un bebé. ¿Quién nos asegura que es sólo un reflejo físico? ¿Quién puede negar que sea por la desesperación de saber que acaba de dejar el medio más seguro que habitará durante su existencia? Llegar al mundo es abandonar la calidez materna para entrar de lleno en la frialdad humana. Suena duro, pero es así.

Recordad ahora vuestras lágrimas al empezar al colegio. Las arrojamos porque sabemos que se acabaron las mañanas de largo sueño, de juego, y porque además tenemos que enfrentarnos a un montón de desconocidos. No sabemos aún que muchos de ellos serán personas indispensables después, cuando seamos mayores. Serán esos amigos de infancia que casi siempre son para toda la vida.

Nunca lloramos cuando empezamos al instituto. ¡Quién va a llorar a los 15 años! A esa edad uno sólo quiere comerse el mundo, aunque parezca peligroso, aunque tengamos millones de dudas. Bueno, algún llanto echamos: por amores que no se corresponden, por amigas y amigos que nos ‘traicionan’, por suspensos que pensamos que no llegarían, por metas frustradas. Pero la adolescencia también acaba y entramos en esa juventud que sin avisar torna en madurez.

Una transformación silenciosa, para los demás y para nosotros mismos. Y de repente, sin darnos cuenta, vemos que hay otra etapa finalizada. Nos lo muestran las canas del pelo, las arrugas en el rostro, la falta de brillo en la mirada. Y hay momentos que apetece llorar, momentos que también se van. Porque se presentan ocasiones de volver a ser joven, ser la de antes, la de siempre, la que está aunque una no consiga adivinarla. Porque hay personas que aparecen de repente, personas con las que compartes encuentros que te encantaría fueran eternos, pero son finitos. Personas que te devuelven tu yo más auténtico, ése que ha ido afrontando cada final, propio y ajeno. Ése que se acabará cuando el cuerpo suelte su último soplo de vida.

Temor

Fue el martes, el día 8 de noviembre de 2016, el mundo se hizo más peligroso. Lo decidieron millones de personas. Ejercieron su libertad y votaron que el hombre más poderoso del mundo fuese alguien xenófobo, machista, ególatra. Alguien que todos pronosticaron que no podría conseguirlo, y lo consiguió.

A miles de kilómetros de su residencia, de su despacho oval, de su Casa Blanca,  a miles de kilómetros, yo siento temor. Lo siento porque no lo entiendo, porque temo el contagio, porque temo por mis hijos. No hay nada que me asuste más que no saber explicar el por qué. ¿Por qué estamos donde estamos? ¿Por qué si no es bueno, si no es lógico, el mundo está cogiendo esta deriva? Y no me preocupa no saber responderme a mí misma, estoy acostumbrada a vivir sin respuestas, a no encontrarlas, a afrontar cada jornada sin explicación lógica. Temo no saber responder a quien cree que yo debo explicar la verdad, el motivo, la situación. Temo fallar a las dos únicas personas que ven en mí su guía, a esas dos personas que son lo mejor que he hecho en mi existencia y a los que, ante todo, quiero dejar un mundo mejor.

Son dudas que me acongojan pero que esta misma semana una muy buena amiga me dijo: “Si no sabes resolverlas díselo, cuéntales que tú no tienes explicación”. En resúmen, asume ante tus hijos que eres vulnerable, que el mundo es tan inabarcable que ni su madre lo entiende.

Y en ello estoy, una noche de domingo, mirándoles y diciéndome: haré lo posible porque seáis felices, porque entendáis esta locura, porque no dudéis en luchar por la igualdad, por la solidaridad, por la confraternidad. Por un mundo bueno, por un mundo feliz. Soy así, utópica, y quiero contagiarles la utopía. Es la mejor religión, la que permite a este mundo avanzar y no estancarse en cosas inexplicables.

Hay baches, gordos, muy profundos, pero siempre se pueden salvar. Siempre.

Tormenta 

Lo primero que se ve es la luz, después ya llega el ruido. Detrás de la puerta de cuarterón, con la parte de arriba abierta, sus ojos miran, sus oídos escuchan, y su mente cuenta. 1, 2, 3, 4, 5, 6,… Está lejos. 

Empiezan a caer gotas y a oler a tierra mojada. Inconfundible olor. Refrescará y para el próximo paseo en bici tendrá que ponerse una chaqueta. No importa. Ojalá pase pronto, todavía queda tarde y ya que se ha chafado la piscina. 1, 2, 3,… Estruendo. Se acerca. Las gotas caen con más intensidad. Sale a la huerta, para oír más claro el goteo. Sólo se oye el agua, amortigua el resto del ruido. Respira hondo, para captar mejor el olor de humedad. El verano ya está en la recta final y no podía acabarse sin su tormenta. 

Luz y luego ruido. En este 2016 cambia la estampa. Ruido,… 1,2,3,4,5…  y sigue contando. Tarde o temprano llegará la luz.

Ni los mejores ni los peores

No somos los mejores, ni somos los peores, somos quienes hemos elegido ser. Nosotros los padres, vosotros los alumnos, y todos los profesores y miembros de la comunidad educativa del Colegio Sagrada Familia. Compartimos muchas cosas en el día a día, pero sobre todo, compartimos unos valores, unos principios y buscamos el mismo objetivo: crecer juntos. Porque la vida, ante todo, es crecer.

Para crecer no nos podemos quedar dentro de la valla del centro, en los patios, en las aulas, en el gimnasio o en el laboratorio. Para crecer hay que mirar más allá. Hay que mirar al frente, hay que cruzar el río y hay que tener en cuenta que formamos parte también de un pueblo. Un pueblo que es conocido por su gente solidaria, abierta y acogedora. Un pueblo que siempre ha sabido hacer comunidad. Y nosotros, todos, formamos parte de ella y contribuimos a mantenerla.

Es ahí donde tenemos que sembrar nuestro grano de arena. Mostrar lo que hemos elegido ser y hacerlo respetando al que no ha elegido lo mismo que nosotros. Porque la base de la convivencia es el respeto. Cada uno tiene mucho que aprender del de al lado y también mucho que enseñar. La singularidad de cada persona es lo que enriquece lo colectivo. El Entrego es tan diverso como rico y no hay ni buenos ni malos, nadie es mejor o es peor, cada uno es lo que quiere ser.

Así que no miremos a nadie de reojo, hagámoslo de frente. No tenemos que avergonzarnos de cómo somos pero tampoco creernos superiores a nadie. Dejad por un momento volar la imaginación. Imaginad un pueblo sin parque, sin polideportivo, sin plazoleta, sin jardinillo, sin biblioteca, sin teatro, sin cines, sin iglesia, … Imaginad El Entrego sin todos aquellos lugares donde compartís espacio con vuestros compañeros de clase pero también con otros niños: con los que jugáis al fútbol, con los que escucháis el cuentacuentos, con los que veis la misma película, con los que vais a catequesis, con los que hacéis guerras de globos, … Imaginadlo. Seguro que no sería lo mismo. Echaríais en falta a vuestros compañeros de colegio, pero también a muchos más.

Ahí está el secreto, en saber que el colegio es vuestra segunda casa pero que hay un pueblo que es la tercera. Y ¿sabéis? Según vayáis creciendo habrá una cuarta y una quinta, porque iréis ampliando vuestros círculos sociales.

En cada uno de esos círculos tenéis que ser vosotros mismos y crecer con quienes os acompañen. En cada uno de ellos tendréis que mostrar quién habéis elegido ser. Esa elección, es la suma de muchas. La primera, la que nosotros, vuestros padres, tomamos por vosotros, la de formar parte del Colegio Sagrada Familia, os marcará para siempre. Porque supone haber elegido unos valores y unos principios que tienen un objetivo, que ante todo, seáis buenas personas.

Deseo

Es un hormigueo que recorre el cuerpo y no le deja tranquilo. Es una sensación de agitación continua que por momentos se sube al pecho y presiona, y presiona… hasta que se va deshaciendo en forma de lágrimas. Es inevitable y, lo peor, ya es previsible. Lo va sintiendo llegar. Desde que está delante de la taza de café, despegando los ojos, tratando de saber si durmió bien o mal, si descansó o no, si soñó algo o simplemente es que no pegó ojo y su imaginación le jugó otra vez malas pasadas. Es un café rápido porque las obligaciones cotidianas no dan para un desayuno reposado, y ahí empieza la agitación. Y luego a pensar, a organizar, a despertar al resto de la casa. Y claro, el resto, no tiene prisa, porque ¿para qué? Y el hormigueo crece, y sube, y llega al pecho,… Y para que no haya lágrimas hay voces y malas caras, y enfados, y después de todo éso, arrepentimiento y la presión, la del pecho. Y nada, no hay manera de que desaparezca. Pero tiene que irse. Algún maldito día, tiene que irse.

Cromos

Recuerdo los corros que se formaban para intercambiar cromos en los recreos y en las tardes de plazoleta. Los papeles que se amontonaban encima de los bancos mientras cada uno pegaba los suyos. Los sobres de papel rotos por el suelo. La emoción de volver a contar cada tarde los huecos que quedaban, de tachar un número más de la lista de los que faltaban. Casi siempre eran caras de futbolistas o ciclistas pero el único que yo conseguí acabar era uno de “La pequeña Memole”. Me encantaba aquella duende sonriente de ojos redondos que además veía en los dibujos de la tele.

Estamos en días en los que intercambiar cromos vuelve a estar de moda. Hay números que asignar y huecos que rellenar. Son días de hacerse fotos para ocupar sitios vacíos. Una sonrisa, un disparo, y el cromo está listo. Sólo queda meterlo en los sobres y, como cada vez que sale una colección nueva, hacer un envío gratuito masivo. Así que preparaos a sacar cartas del buzón o a estirar el brazo en el mercado. Coged los sobres y haced corros. Lamento anunciaros que cuando saquéis los cromos estarán repes. Hace apenas cinco meses que tuvimos que hacer la misma colección.

Igual sale más rentable olvidarse de los cromos, de las caras, de los nombres. Igual es hora de olvidarse de los puestos, hora de que los números no importen, de que las sonrisas no tengan que ser bonitas, ni falsas,… Igual es hora de ponerse serios, de darse cuenta de que la gente ya no tiene ganas de coleccionar promesas, de que lo que quieren son hechos. Igual es hora de demostrar que realmente no todo es una pantomima, de que no todo es alcanzar una silla, de que no todo es un show televisivo. Igual es hora de entenderse, de apartar las diferencias, de mirar hacia adelante y olvidar lo que queda atrás. Igual es hora de construir, de avanzar. Igual es hora de mezclarse, de buscar utopías sin olvidar realidades. Igual es hora de que haya izquierda, de que haya derecha, de que haya centro. Igual es hora de admitirnos todos y de dejar de lado los discursos del ataque, del ´y tú más`, del ´yo soy el mejor`. Igual es hora de dejar de perder el tiempo con carteles, con lemas, con eslóganes.

Igual ya es hora, pero no me hagáis mucho caso. Ya os dije que sólo acabé una colección de cromos en mi vida. La de una pequeña duende sonriente.

 

Regreso

Alguien me dijo ayer que tengo que cambiar de mentalidad y sé que fue un consejo bienintencionado que lo único que pretende es que yo pueda vivir más tranquila y menos cabreada. ¡Qué queréis que os diga! No lo veo posible. También alguien me dijo ayer que yo era una inocente, más de lo que aparentaba, tanto, que acabó llamándome utópica. Tiene toda la razón.

De esta afirmación y el anterior consejo saco dos conclusiones. Debo dejar de perseguir lo imposible y conformarme con lo real y tangible. Tengo que asumir que esta realidad con la que vivo es imposible de cambiar. Es preferible para mi salud y para mi entorno. Pero aún así, soy más terca que utópica y me cuestan los cambios. Me cuestan sobre todo los de mis pensamientos y mis creencias, los de mis luchas internas y externas, los de mis costumbres y responsabilidades, los de mis sentimientos y mis pensamientos… Me cuestan.

Tanto que, en vez de cambiarlos, voy a retenerlos y aprender a gestionarlos. Y voy a empezar por expresarlos. Sin cortapisas, sin contenciones, sin freno. Con reposo y buenos argumentos, pero evitando ese silencio que hace que el ruido esté retumbando en mi interior. Carcomiéndome por dentro y por fuera. Convirtiéndome en algo que no soy y no quiero ser. Por eso, aquí estoy y, esta vez, no pienso irme.