Cromos

Recuerdo los corros que se formaban para intercambiar cromos en los recreos y en las tardes de plazoleta. Los papeles que se amontonaban encima de los bancos mientras cada uno pegaba los suyos. Los sobres de papel rotos por el suelo. La emoción de volver a contar cada tarde los huecos que quedaban, de tachar un número más de la lista de los que faltaban. Casi siempre eran caras de futbolistas o ciclistas pero el único que yo conseguí acabar era uno de “La pequeña Memole”. Me encantaba aquella duende sonriente de ojos redondos que además veía en los dibujos de la tele.

Estamos en días en los que intercambiar cromos vuelve a estar de moda. Hay números que asignar y huecos que rellenar. Son días de hacerse fotos para ocupar sitios vacíos. Una sonrisa, un disparo, y el cromo está listo. Sólo queda meterlo en los sobres y, como cada vez que sale una colección nueva, hacer un envío gratuito masivo. Así que preparaos a sacar cartas del buzón o a estirar el brazo en el mercado. Coged los sobres y haced corros. Lamento anunciaros que cuando saquéis los cromos estarán repes. Hace apenas cinco meses que tuvimos que hacer la misma colección.

Igual sale más rentable olvidarse de los cromos, de las caras, de los nombres. Igual es hora de olvidarse de los puestos, hora de que los números no importen, de que las sonrisas no tengan que ser bonitas, ni falsas,… Igual es hora de ponerse serios, de darse cuenta de que la gente ya no tiene ganas de coleccionar promesas, de que lo que quieren son hechos. Igual es hora de demostrar que realmente no todo es una pantomima, de que no todo es alcanzar una silla, de que no todo es un show televisivo. Igual es hora de entenderse, de apartar las diferencias, de mirar hacia adelante y olvidar lo que queda atrás. Igual es hora de construir, de avanzar. Igual es hora de mezclarse, de buscar utopías sin olvidar realidades. Igual es hora de que haya izquierda, de que haya derecha, de que haya centro. Igual es hora de admitirnos todos y de dejar de lado los discursos del ataque, del ´y tú más`, del ´yo soy el mejor`. Igual es hora de dejar de perder el tiempo con carteles, con lemas, con eslóganes.

Igual ya es hora, pero no me hagáis mucho caso. Ya os dije que sólo acabé una colección de cromos en mi vida. La de una pequeña duende sonriente.

 

Regreso

Alguien me dijo ayer que tengo que cambiar de mentalidad y sé que fue un consejo bienintencionado que lo único que pretende es que yo pueda vivir más tranquila y menos cabreada. ¡Qué queréis que os diga! No lo veo posible. También alguien me dijo ayer que yo era una inocente, más de lo que aparentaba, tanto, que acabó llamándome utópica. Tiene toda la razón.

De esta afirmación y el anterior consejo saco dos conclusiones. Debo dejar de perseguir lo imposible y conformarme con lo real y tangible. Tengo que asumir que esta realidad con la que vivo es imposible de cambiar. Es preferible para mi salud y para mi entorno. Pero aún así, soy más terca que utópica y me cuestan los cambios. Me cuestan sobre todo los de mis pensamientos y mis creencias, los de mis luchas internas y externas, los de mis costumbres y responsabilidades, los de mis sentimientos y mis pensamientos… Me cuestan.

Tanto que, en vez de cambiarlos, voy a retenerlos y aprender a gestionarlos. Y voy a empezar por expresarlos. Sin cortapisas, sin contenciones, sin freno. Con reposo y buenos argumentos, pero evitando ese silencio que hace que el ruido esté retumbando en mi interior. Carcomiéndome por dentro y por fuera. Convirtiéndome en algo que no soy y no quiero ser. Por eso, aquí estoy y, esta vez, no pienso irme.