Cansancio

Cuando se despertó, todo seguía igual, el cansancio volvió a caer sobre su cuerpo como una losa. Ese cansancio que no lo abandonaba, ese cansancio físico y mental que cada noche esperaba que desapareciera tras las horas de sueño. Pero siempre volvía. Tenía que afrontar la realidad, la que le había tocado vivir, a la que había llegado por sus propias decisiones, por su actitud ante la vida, por su concepto de la responsabilidad, de la familia, de la amistad, del trabajo. Sólo había una manera, con valentía.

No era valiente, hacía años que había dejado de serlo. Porque valiente es quien no se calla, quien deja claro cómo es, lo que piensa, por lo que no está dispuesto a pasar. Valiente es quien actúa, quien da los pasos necesarios para cambiar el mundo sin que el mundo lo cambie a él. Valiente es quien está dispuesto a perder porque ganar siempre sabe que no lleva a buen puerto; quien cuando ve que el panorama es horrible coge la brocha y pinta de colores los grises que lo rodean. Valiente es, en definitiva, quien no tiene miedo.

Él lo tenía. Tenía auténtico pánico a poner en marcha sus ideas, a moverse en la dirección que su mente le indicaba desde hacía meses, a poner en práctica las escenas que se había imaginado: cerrando puertas y abriendo nuevas ventanas. Ventanas tras las que siempre lucía el sol, tras las que la sonrisa se perpetuaba en su cara, las carcajadas llenaban los silencios, y todo el mundo era feliz. Ventanas tras las que no había discusiones, enfados, cabreos, decepciones, tristeza, agobios, ansiedad. Ventanas tras las que nada se ponía por delante, no había peros, sólo empuje, decisión, optimismo, fe en el futuro, en que todo era posible porque él era capaz de todo.

A ver si en su próximo despertar el cansancio se esfumaba, no perdía la esperanza, porque para ser valiente y no tener miedo, no se puede estar cansado.