Sin más

Con sigilo y sin que te des cuenta. Llega poco a poco y te invade. Cierras los ojos y lo sientes. Eres capaz de adivinar cómo en cada rincón de tu cuerpo corre la sangre. La percibes, como el agua de un río caudaloso pero a la vez manso. Como una corriente de tranquilidad que te llena de bienestar. Como un soplo de aire cálido que te trae mil aromas a la vez: el de la hierba recién segada, el de la tierra mojada después de una tormenta, el del pan que sale del horno, el de la leña que se quema en el fuego, el de una copa de buen vino… Y mil sonidos: el de las olas del mar, el de las hojas de los árboles movidas por una brisa otoñal, el del silencio amortiguado de la nieve que cae en invierno, el de los pájaros que te avisan de que ya es de día y luce el sol…

Son oásis en ese desierto de vértigo que es tu vida y no los puedes dejar escapar. No quieres, ni querrás nunca jamás. Porque han llegado sin que tú los busques, de manera inesperada y, poco a poco, te han invadido, sin más. Los has conseguido sin intentarlo, simplemente porque la vida te ha dado la oportunidad.

Te sientes bien, te sientes pleno, invulnerable, capaz de todo. Y lo disfrutas. Te permites el lujo de disfrutarlo. Porque son instantes inmensos e irrepetibles.

Se me escapan

No soy una gran conocedora de la geopolítica internacional, se me escapan los detalles de los intereses que cada potencia tiene en las zonas petrolíferas del mundo, de los contratos de ventas de armas que mueven una de las industrias más importantes del planeta, de los porqués de las intervenciones, ahora sí – ahora no, que llevan a la nación estadounidense a convertirse, periódicamente, en la nación líder del mundo libre. Se me escapan.

No se me escaparon las imágenes de los niños sirios gaseados que todos los medios de comunicación difundimos, sin pudor, hace apenas una semana. Ésas no se me escaparon y, pese a mi debate ético de incluirlas en la escaleta, las emití en una pequeña televisión autonómica en la que la información internacional suele ser residual. Una vez más nos sentimos en la obligación de mostrar al mundo las atrocidades que un dictador de Oriente Próximo era capaz de llevar a cabo. En esa obligación que mueve una conciencia occidental manipulada, queramos o no, por pequeños hilos de oscuros intereses que se cuelan en las agencias internacionales. Intereses escondidos en los detalles que arriba os digo que no conozco con profundidad y se me escapan.

Hicimos saltar la chispa, sin querer, pero saltó. ¿Qué sociedad iba a estar dispuesta a aceptar imágenes de niños ahogándose por un ataque de gases lanzado por un gobierno no legítimo? Una muy enferma, muy, muy enferma. Y, aunque estamos entrando poco a poco en la UVI, todavía sobrevivimos lejos de los cuidados intensivos. Aquí, en occidente. Aunque el tiempo se agota.

Como se agota el de la sociedad civil siria que ahora, además de temer al aire que respiran, estarán mirando con terror al cielo, agudizando sus oídos por si suenan los silbidos silenciosos de los misiles selectivos que vienen a salvarles o, tal vez, a acabar con sus vidas. Esas que llevan pendientes de un hilo más de dos años. Porque ese tiempo es el que dura ya el conflicto sirio, más de dos años, desde marzo de 2011. Y las vidas que peligran son las de los que, por ahora, por amor a su país, porque quieren seguir creyendo en la posibilidad de una vida cotidiana, por los motivos que sean, no se han refugiado en otros territorios. Los que no resistieron, los que huyeron en este intervalo de tiempo llegan ya a los seis millones de personas y cada día, por lo que leo, marchan unas seis mil al día. Y la Comunidad Internacional no ha hecho nada hasta ahora. ¿Por qué? La respuesta está en esos detalles que, como os decía al principio, se me escapan.

Lo que no se me escapa es que atrocidades semejantes a las de Siria pasan en muchos más países, unos que ocupan también titulares de prensa como Israel, Irán, u otros de otros continentes que ni siquiera nombramos porque no conocemos sus nombres ni los de sus mandatarios. ¿Por qué ahí no interviene nadie? Los detalles, siempre los detalles. Esos que parece que sólo conoce Estados Unidos y que le dan el derecho a convertirse, periódicamente, en el líder del mundo libre, sin contar con nadie, ni con el paraguas de la ONU.

La triste realidad es que esto no es nuevo y tengo la certeza de que no será la última vez que ese paraguas, esa legalidad internacional, se convertirá en papel mojado por los intereses, los benditos intereses geopolíticos y económicos, cuyos detalles, como os decía al principio, se me escapan.

De mayor

“Señorita, yo quiero ser señorita”, decía de pequeña. “¿Señorita?”, me miraban muchos extrañados. “Quiere decir maestra, como su madre”, aclaraban algunos. Y así, con esa inocencia que da la infancia, yo quería ser maestra, porque claro, no iba a decir que quería ser minera. De aquélla ninguna mujer lo era y ninguna se lo planteaba. Y, por aclarar, esa era la profesión de mi padre. Porque mis padres eran, mejor dicho, son, pese a estar los dos prejubilados, maestra y minero.

Todos los niños se miran en ese espejo, el de sus padres, y es muy habitual que sus primeros deseos de futuro pasen por ser lo que son sus progenitores. Para algo son su referencia, su punto de apoyo, sus personajes más admirados. Lástima que ahora muchos padres y madres estén en paro. Los niños son inocentes pero no son tontos y a la típica pregunta de “¿Qué quieres ser de mayor?”, no suelen contestar, “Yo quiero ser parado”. Porque la infancia es ese territorio donde los sueños no tienen límite, donde se puede creer incluso que uno puede llegar a ser un superhéroe. Cuando crecemos, los adultos, seguimos guardando una pequeña parcela de infancia en nuestro interior. Así que vamos a soñar.

Vaya, no podemos. Nos topamos con la puñetera realidad. Esa que deja poco abanico de oportunidades. Así que, a las que surgen, se aferran como a un clavo ardiendo cientos de personas que están en ese pozo que es el paro. Ese fantasma que acecha en las esquinas y que cuando te pilla te sume en una pérdida de identidad injusta e indeseada por todos. Los que están en esa laguna quieren ser lo que les dejan ser, aquello que les permita ganarse un dinero para que sus hijos puedan seguir imaginando un mundo maravilloso.

De todas maneras, dejando las profesiones a un lado, lo importante para todos es ser personas, buenas personas. Así que, en paro o no, los niños seguirán queriendo ser como sus padres. Y eso, no lo podemos negar, nos llena de orgullo.

Espaldas anchas

Dicen que los latinos somos gente de fuerte temperamento, de sangre caliente y de constitución ancha, muy ancha. Y más nos vale que esto sea así, porque desde el norte, desde el frío norte europeo, quieren cargarnos las espaldas. Y oye, aquí estamos nosotros, dispuestos a recibir la carga. Sobre todo si es para el bien colectivo, para repartir las penurias de esta crisis que está dejando nuestra sociedad hecha unos zorros, que está dibujando una nueva criatura que no conocerán ni sus padres, y no os cuento, sus abuelos.

Pero ¿qué más da? Nosotros somos gente de fuerte temperamento, de sangre caliente. Y también somos simpáticos, sonrientes, amables. Porque el sol nos da calorcito y colorcito. Nos quita el rictus serio ese que ponen las bajas temperaturas del norte. Al menos por ahora. A ver qué pasa cuando tengamos que repartir ese sol por el bien de toda la comunidad. ¡¡¡Ah no!!! Si ya lo compartimos, si estamos en esas fechas en las que los del norte vienen a disfrutar de nuestras buenas temperaturas, de nuestras playas. Vienen a dejarnos la propina que luego nos tendremos que repartir como buenos hermanos. Porque sea mucha o poca hay que repartir. Aunque la recorten un 10%, que así, recortando, todo saldrá mejor. El patrón estará más ajustado y el traje sentará como un guante a la criatura.

Será tan justo y tan bien medido que habrá poco margen de movimiento, no sea que se rasgue alguna costura. Pero eso sí, si la costura se rompe, el único responsable será la criatura, ésa que ya no conocen ni sus padres, y como os dije antes, no os cuento la cara que pondrían sus abuelos si pudieran mirarla.

 

Recuerdos o realidad

El tiempo pasa sin pedir permiso, a veces rápido, llevándote por delante, sin enterarte, otras lento, muy lento, dejando que te recrees en los placeres de la vida. Pero siempre pasa, nunca se para.

El cotidiano, el del día a día, lo mides en horas, en minutos, a veces, en segundos. El vital sueles medirlo en años y según van pasando los llenas de recuerdos. Pueden ser buenos o malos, todos imborrables, porque han dejado huella y esa huella es la que, en ocasiones, es tan profunda que no sabes si lo que te pasa en el momento presente es recuerdo o es realidad.

Llega un momento en tu vida que necesitas de los recuerdos para seguir adelante, simplemente porque sin ellos no sería tu vida. Sobre todo cuando esos recuerdos te llevan a personas que ya no están, que no volverán, pero que para ti son tan reales que hacen que actúes como lo haces, que hacen que acudas a algunos lugares para ver que el recuerdo era realidad, mejor dicho, es realidad, es tu mundo, es tu vida.

Y entonces se mezcla lo vivido con lo que vivirás y sabes que el futuro será mejor porque no te has olvidado del pasado, porque la memoria es fundamental, porque el olvido sólo lleva a cometer los mismos fallos, a tropezar en la misma piedra. Y tú no quieres tropezar, quieres volar por encima de todas las dificultades, quieres demostrarte a ti mismo y a los demás que el tiempo no pasa en balde y que has aprendido, que has crecido. Que hoy eres mejor que ayer y mañana te superarás.