La lógica

Hay dos, la exacta, la “ciencia que expone las leyes, modos y formas del conocimiento científico” y la natural, la “disposición para discurrir con acierto sin el auxilio de la ciencia”. Nos guste o no, en esta vida, todo está sometido a la lógica. La que más acierta es la exacta, no en vano es así, exacta, “puntual, fiel y cabal”. La natural, la que cada uno aplica, la subjetiva, puede acertar o errar. Nunca se ve a corto plazo, más bien a medio o largo.

Lo único cierto es que todos intentamos actuar así, con lógica natural, porque los parámetros científicos cada vez son menos exactos. Dos más dos son cuatro, aunque hay mucha gente a la que no le salen las cuentas y se queda últimamente a la mitad, no llega al final, les cuesta. Se rompen la cabeza haciendo números y nada, no hay manera, no cuadra. Porque hay necesidades que necesitan más que de una suma, hay necesidades que precisan multiplicaciones, y oye, no veas, la cantidad de magos que esta crisis está dejando.

Magos de los de verdad. De ésos que hacen que las ilusiones de los más pequeños no desaparezcan. De ésos que logran que el mundo que hay a su alrededor siga siendo el que era, aunque los muros se estén resquebrajando. De ésos que mantienen su dignidad pese a que los que mandan se empeñan en pisotearla día tras día convirtiéndoles en cifras y olvidándose de su condición humana. De ésos que con muy poco hacen mucho, hacen hogar, hacen familia, hacen amistad, hacen solidaridad, hacen presente y ven futuro, que es lo más increíble, ver futuro en este gran túnel.

Debe ser esa lógica natural la que hace que muchos vean en un pequeño punto de claridad la salida de la oscuridad, el punto de inflexión que permite que te alejes del precipicio y empieces a caminar por una dificultosa senda, sinuosa, con muchas curvas, pero al fin y al cabo, senda que te aleja del precipicio.

Lo dicho. Son cosas de esa lógica personal, la que se adapta a los tiempos y que a muchos se nos escapa. Tal vez porque todavía discurrimos por anchas y cómodas autopistas.

La flor de la paz

Lo prometido es deuda. El Día del Libro mi hija Elena recibía el primer premio del concurso de relatos de su colegio, el primer premio de su curso, segundo de primaria. Entre mis recuerdos de infancia guardo uno muy, muy especial. El premio que recibí, en forma de lote de libros, en un concurso municipal de relatos. No recuerdo muy bien cuántos años tenía pero sí la ilusión que me hizo el lote de libros y el hecho de que publicasen mi cuento con todos los demás premiados en un libro que guardo en la estantería de casa de mi madre. Fue mi primera y creo, última publicación. Hoy las nuevas tecnologías y mi blog me permiten darle a Elena una plataforma para que su relato salga a la luz. Se lo explicaré con calma y la pondré frente al ordenador para que vea su cuento y vuestros comentarios, si es que los hacéis. No os lío más. Ahí va.
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Había una vez unos niños que todas las semanas paseaban por el parque. Un día se encontraron una flor que nunca habían visto, la arrancaron y la guerra empezó entre ellos. Se empezaron a pelear por todo. si veían un balón, los dos querían ese mismo balón; si uno cogía un cuento, los dos querían ese cuento…
Cuando la madre vio la flor tirada la plantó. Los niños entonces pararon de pelearse. la madre pensó:
– ¡Qué raro! Cuando planté la flor dejásteis de pelearos.
Pasó un señor mayor y le dijo:
– Ésa es la flor de la paz, si alguien la arranca los que la arrancaron se pelean entre ellos hasta que alguien la planta y la pelea se acaba. Éso es lo que pasó.
Entonces la madre les dijo a sus hijos:
– ¿Habéis oído al señor? No arranquéis esas flores.
Los niños aprendieron y obedecieron y nunca más volvieron a arrancar ninguna flor.

He de deciros que el verdadero orgullo de madre se dispara con la letra tan guapa con la que escribió, pero éso no os lo puedo enseñar, os tenéis que conformar con la letra mecanografiada. Espero que os guste.

Madina

El 19 de febrero de 2002 sufrió un atentado de ETA, se quedó sin pierna y tuvo que abandonar el voleibol, su pasión y el deporte al que se dedicaba profesionalmente. Dos años más tarde se convertía en diputado socialista en el Congreso por Vizcaya. Por aquél entonces escuché una entrevista radiofónica que me llevó a escribir las líneas que recupero hoy para mi blog. Este jueves se habla mucho de él en los periódicos. Tiene mi edad, es apenas un mes y diez días mayor que yo, y sigo admirándolo. Su trayectoria en estos casi diez años en Madrid me ha demostrado que mantiene su coraje y sus ganas de un mundo mejor. Quién sabe qué le deparará el futuro, espero que mucho y bueno.

Escrito el 26 de abril de 2004

Una se levanta y pone la radio. Es esa necesidad diaria de saber qué pasa en el mundo, de asegurarse que no hay una noticia bomba que haga cambiar bruscamente la vida. O tal vez la esperanza de escuchar informaciones utópicas como que Ariel Sharon ya no es presidente de Israel ni Arafat de la Autoridad Palestina y que los jóvenes palestinos e israelíes se manifiestan juntos por la paz, dándole una lección a Bush y a Europa. Pero no pasa. La retahíla de disparos continúa y sin ir tan lejos, los escándalos financieros y las discusiones absurdas entre PP y PSOE, no paran.
Sin embargo hoy he escuchado la voz de la esperanza y el coraje. Por primera vez no he colocado en la estantería de personajes admirados a un adulto de 40 años, hoy más que a nadie, admiro a Eduardo Madina. Tiene sólo 25 años pero una bomba de ETA le ha hecho madurar bruscamente. Al menos eso se comenta. Yo creo que Madina ya era más maduro que muchos adultos antes de quedarse sin pierna. Lo era porque lleva mucho tiempo luchando por unos ideales que ha desgranado con absoluta coherencia en la entrevista radiofónica que he escuchado.
Sus palabras, sus convicciones, me han empujado un poco más adelante, me han inculcado más ganas de participar. Escucharle también me ha dado envidia porque me he percatado de mi pasividad durante todos estos años. Me alegro de que exista gente con la que comparto ideales que tengan el coraje suficiente de luchar por ellas.
Escribo ésto para afianzar la esperanza de que más jóvenes como yo se hayan contagiado del espíritu de Madina, dispuesto a continuar por la paz y por una sociedad mejor.

Saber perder

Para competir lo primero que hay que hacer es saber perder. Si no los disgustos, cuando uno acumula derrotas, acaban siendo muy perjudiciales, demasiado. Tanto que pueden llevar a perder el norte y a actuar de manera desfavorable hasta para uno mismo. Porque cuando uno compite tiene que saber que se va a enfrentar a equipos con las mismas ganas de vencer, equipos que van a echar el resto para conseguir la ansiada victoria. Así ha funcionado siempre.
Lástima que algunos consideren que tienen más derechos que otros para ganar. Éso significa que no saben jugar limpio, que siempre han entrado en competiciones con cartas marcadas, sin igualdad de condiciones, en batallas donde se sabían con ventaja. Mala experiencia ésa de entrar en juego sabiendo que uno tiene más posibilidades, se llama, juego sucio.
Igual por eso ahora son los reyes del zafarrancho. Los maestros del todo vale. Da igual a quién nos llevemos por delante porque nosotros ya no vamos a aprovecharnos del pastel así que mejor destruirlo. Sin pensar, sin recapacitar, sin sentido. Sólo porque sí, porque toca, porque estamos enfadados, porque era nuestro y nos lo quitaron unos listillos que vienen de más allá de Pajares. Y éso no, para catar aquí hay que ser asturiano, faltaría más.
Da igual lo que sepas hacer y mucho menos que lo sepas hacer bien. Si estás en Gijón y tienes un buen rh del Principado, no importa que no tengas ni puñetera idea de cómo hacer tu trabajo. Da igual que no seas profesional, eres asturiano y éso te da todos los derechos, al menos, para manejar pasta del erario público de la región, que al parecer, es de lo único que se trata.
No es cuestión de dar un buen servicio público, de mejorar, de llegar hasta el último punto para contar todo lo que pasa, de hacerlo por vocación, por interés informativo, porque te lo pide el cuerpo. No. El cuerpo sólo te pide dinero y si ves que después de siete años chupando del bote corres peligro de no ingresar ni un duro, pues lo dicho, no lo vas a permitir.

Caiga quien caiga. Así nos va.