Churras con merinas

No se deben confundir, así dice un dicho popular. ¿Por qué? Porque son dos tipos de ovejas, unas buenas para carne y otras para lana, y cuando se mezclan en el rebaño resulta muy complicado separar unas de otras. Si el pastor que las guía lleva una senda equivocada, todas seguirán la misma suerte.

Imaginaros que van camino del matadero, porque él cree que todas son churras. Pues allí morirán una a una, degolladas, desangradas, y serán puestas en el mercado a un precio bajo, bajísimo, porque, tal y como andan las cosas, los ganaderos no van a recibir un buen precio ni por cordero estas navidades. Pero podemos  ponernos en el caso contrario, que el pastor vaya a esquilarlas porque piense que todas son merinas. Una a una serán peladas y quedarán expuestas al frío invierno. Y el ganadero, cuando vaya a vender la lana, tampoco recibirá un buen precio, porque la calidad no será la esperada, y ahora en las tiendas de ropa muchos jerseys de pura lana no se ven.

Así que mejor separarlas antes de que se emprenda el camino, para que cada una vaya a su destino correcto. Para que cada una se sienta identificada con su naturaleza. La churra nace para convertirse en un buen manjar. La merina para dar calor acogedor con su pelaje. Y así, todas contentas.

Yo creo que lo importante es no dejarse llevar por el rebaño equivocado, porque aunque todas las ovejas parezcan iguales, no lo son y eso debe quedar muy, muy claro. Que cada churra esté atenta a quién tiene al lado no sea que esté mezclada con una merina y vaya a pasar frío, mucho frío. O al revés, que la merina crea que su pareja es como ella y acabe degollada.

Cada una debe buscar su sitio y no confundirse ni, mucho menos, intentar confundir a la gente.

El espejo

Nunca fui muy presumida, ni lo soy. Aunque tal vez ahora cuido más mi aspecto físico porque me gusta que me vean bien o me miren con ganas. Igual es cuestión de la edad y de no querer verse vieja. Quién sabe. Pero yo soy de las que piensa que el cuerpo es el espejo del alma y por eso me dedico más a cultivar esta última.

La cuestión es que no suelo ponerme mucho frente a un espejo, ni para maquillarme, ni para peinarme, ni para mirar cómo me queda la ropa. Seguro que es por no apreciar defectos. Cuando me siento bien, ¿para qué mirarme si sé que estoy bien? y cuando no lo estoy, ¿qué gano viendo reflejado mi mal estado en un cristal? Nada.

El problema llega cuando alguien te pone de frente ese espejo, sin que tú te des cuenta. Lo hace con maestría, para que te veas reflejada y te mires, para que no te pierdas detalle. Lo hace porque sabe que en el fondo hay matices que tú no aprecias y que son importantes, para construirse a uno mismo, para que nos demos cuenta de nuestras imperfecciones. Quizás para quien te pone el espejo no sea una imperfección, simplemente es algo más de ti, algo que está ahí y forma parte del todo. Puede gustarle más o menos, pero lo que en el fondo importa, es el todo.

Estamos hechos de pequeños matices. Unos son innatos pero la gran parte del resto los va moldeando la vida: nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestros vecinos, nuestros amores, nuestros desamores, los buenos momentos, los malos, las experiencias inolvidables y las que ojalá nunca hubiésemos vivido. Pero nos guste o no, todos esos matices forman parte de nuestro yo. Y ese yo, a veces, reflejado en el espejo que  te pone el de al lado resulta que no es al cien por cien como tú creías y te defraudas a ti mismo. Lo más importante es aprender de esos momentos en los que aprecias los defectos, defectos que ya no tienen marcha atrás pero que eres capaz de interiorizar y de asumir como propios.

El espejo siempre tiene toda la razón, como el rostro cuando refleja nuestra alma.