Las cinco w

Se cuenta en las facultades de periodismo, al menos en la que yo cursé mis estudios, que una noticia debe responder a cinco preguntas: ¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿cuándo? y ¿dónde?. Y la RAE define noticia como hecho divulgado, contenido de una comunicación antes desconocida. Así que voy a explicar, por si hay dudas, de cómo uno elabora una noticia.

Habitualmente se va a un lugar donde acaecen los hechos, bien porque le convocan o bien porque ha tenido noción de ellos a través de sus fuentes. Cuando llega allí, observa, escucha y pregunta sus dudas. Esto último si le dan la opción, porque últimamente nos dan pocas, o si tiene valentía, que también hay muchos que en la actualidad carecen de ella para cuestionar a los interlocutores. Después vuelve a la redacción y selecciona lo que considera que es más importante. Cuenta qué se dijo, quién lo dijo, cómo lo dijo (habitualmente en televisión el cómo es más fácil de explicar porque se muestra a la persona hablando), cuándo lo dijo y dónde lo dijo. Bien es cierto que su selección puede no gustar a todo el mundo, incluso puede no gustar al protagonista de la noticia, pero ahí entra el oficio de cada cuál, como en el puesto de cada cuál entra la responsabilidad de reconsiderar lo que falta y hacer saber a quién lo cuenta que igual se puede completar. Muchos a esto último lo llaman manipular, yo no lo veo así. Podría incluso definirlo como enriquecer.

Cuando una noticia se cuenta así creo que cumple con los requisitos de cualquier información veraz. Quien se empeña en ver fantasmas donde no los hay, quien incluso se atreve a decir que un medio ha contado algo que nunca contó, quien está empeñado en tirar piedras contra su propio tejado y su propio trabajo, tal vez, debería hacérselo mirar. O tal vez es que nunca ha ejercido una profesión de la que tanto dice saber y que, por mucho que te enseñen en la facultad, no conoces a fondo hasta que la practicas.

Angustia

Empiezas por no poder respirar bien, sientes cómo tus ojos se humedecen sin que caigan lágrimas, no se te dibuja la sonrisa, no eres capaz de pensar con claridad, sufres, te agobias, no encuentras salida. Todo sin tener una causa precisa, en el momento menos oportuno, cuando menos te lo esperas. Quién sabe, igual tienes mil causas que se acumulan y que te oprimen, que hacen que una faceta de tu vida se mezcle con la otra, que lo negativo de una se extienda por las demás, por las importantes, por las que no se merecen que estés así. Y lo pagas con el que menos se lo merece y con el que sabes que te va a perdonar tan sólo un segundo después porque eres su referente, su apoyo, su madre.
Y con esa angustia tienes que iniciar una nueva jornada, en la que no les verás, en la que no te podrás disculpar, en la que no podrás compensar el mal inicio del día, la bronca inesperada, tu desesperación por pequeños detalles sin importancia. Detalles de infancia, de inocencia, de cotidianeidad, detalles de quienes actúan sin mala fe, sin mala intención, sin pensar en las consecuencias porque no las buscan, simplemente actúan así porque son así, despreocupados, alegres, despistados, porque son niños. Y no entienden la angustia, ni el enfado que desencadenan sus actos, no entienden nada.
Lo peor es que tú tampoco. No te entiendes, no te reconoces, no sabes cuál es la chispa que enciende la mecha, y, aún peor, no sabes encontrar el extintor que apaga el fuego. Así que no queda más remedio que cargar con la angustia, mitigarla, adormecerla, esperando que desaparezca. No lo hará por arte de magia, pero guardas la esperanza de que se esfume algún día.

Felicidades

A mí siempre me gusta cumplir años, siempre. Aunque sé que no es del gusto de todo el mundo porque, un año más, significa que se es más viejo. Yo, sin embargo, me empeño en mirar lo positivo del asunto. Un año es más experiencia, más momentos buenos vividos y ¡qué narices! Cumplir años significa que seguimos aquí, vivitos y coleando.
Hoy es el cumpleaños de alguien muy especial, alguien muy importante en mi vida, y sin embargo, se me había pasado. Pero como siempre hay gente que te recuerda momentos que no deben olvidarse, no puedo dejar pasar la oportunidad de felicitarle. ¡¡¡Tengo tantos motivos para ello!!!
Cumple siete años en las pantallas, nada más y nada menos. Siete años en los que no ha parado de crecer pese a haber atravesado duras enfermedades, de ésas que casi te dejan en coma. Pero ha tenido buenos médicos, se ha repuesto y, aunque sigue inmersa en un catarro que no acaba de pasar, que le deja respirar con dificultad porque tiene menos aire, sobrevive, y lo hace con muchísima dignidad. Reflejando aquéllo para lo que nació, reflejando a Asturias y a su gente. Esa gente que sigue confiando en ella.
Lo hace con una programación ajustada a sus posibilidades, de ésas que no le dan índices de audiencia supersónicos, pero que le permiten seguir en el mapa televisivo como una referencia para el público. Porque a él se debe, a su público, y por ese público, por su razón de ser, seguirá adelante y cumplirá muchos años más, pese a que haya gente que no quiere que se haga vieja y se empeñe en mostrarla como lo que no es, una niña de siete años malvada que sólo deja una estela negra a su paso.

Porque eso no es así te mereces esta felicitación.

FELICIDADES RTPA

Callar

Nos mandan hacerlo desde pequeños, desde que nacemos. Lo primero que se intenta de un bebé es que no llore, que guarde silencio, que no haga ruido, porque eso indica, según la sabia humanidad, que está tranquilo, a gusto. Así que les llenamos la boca de tetas, biberones, chupetes,… todo, para que no gurgute.
Cuando empezamos a balbucear nuestras primeras palabras, por llamarlas de alguna manera, también nos piden que nos callemos, que escuchemos. “Batata”, dice el pequeño. “No, batata no. PA-TA-TA, calla y escúchame. Repite, PA-TA-TA”. Como que no existiese batata, pero para qué explicárselo.Y así una tras otra. Para que hablemos correctamente y si no lo hacemos, pues mejor callar.
Luego llega la edad escolar y entonces sí, ahí sí que la principal virtud del alumno es saber callar y escuchar al profesor. En silencio, con los ojos bien abiertos, para que la sabiduría de los libros, del encerado, del adulto, vaya metiéndose en nuestra mente, haciendo de nosotros, poco a poco, hombres y mujeres de bien. Bien educados, quiero decir, que sepan callar a tiempo respetando al que realmente sabe.

Así que éste es el secreto de un gran refrán: “El que calla otorga”.

Nos callamos porque nos han enseñado a hacerlo para que se escuche la verdad, lo correcto, lo que importa, lo que dice el que sabe, el adulto, el que nos educa. Y cuando somos adultos, ¿por qué seguimos callando? Se supone que ya tenemos sabiduría adquirida para poder hablar, con educación, con respeto, con nuestra razón. Para argumentar que el que opina diferente está equivocado, al menos, según nuestro pensamiento. Para compartir ese pensamiento e intentar alcanzar acuerdos, o si no, para poner al oponente frente al espejo.
Pues no, nos callamos. Y al hacerlo, otorgamos la razón al que no piensa como nosotros y al que, nosotros, queremos poner frente a ese espejo para que vea el esperpento de sus razonamientos. Porque existen razonamientos esperpénticos, si es que se merecen ser calificados como razonamientos. Para ser tal cosa, tienen que estar dotados de razón y, lamentablemente, hay muchos actos hoy en día que carecen absolutamente de ella, porque no se piensa antes de acometerlos. Se actúa a las bravas, sin pararse, sin recapacitar. Se actúa porque el silencio de los demás nos llena de energía para seguir haciéndolo, pese a quien pese, me lleve a quien me lleve por delante. Y luego, claro, así nos luce el pelo. Y ¿de quién es la culpa? La culpa es compartida. Es del que lo hace mal y del que calla ante quien mal lo hace.

El que calla, siempre otorga, y además, demuestra cobardía. Yo hoy, me siento una cobarde.