Lo normal

Mis hijos viven su infancia de la forma más normal posible. Creo que es lo que ellos piensan, como todos los niños. Disfrutan de lo que tienen siempre, sea mucho, sea poco, incluso, sea nada. Así es la niñez, inocente y feliz. Salvo aquellos pequeños que se encuentran con desalmados en el camino que abusan de ellos, les golpean o les tiran misiles y les expulsan de sus países. Pero ese abuso de los derechos de la infancia lo dejaré para otro momento.

Insisto. Mis hijos viven de la forma más normal posible. Entiéndase por normal que viven en el pueblo donde yo nací, van al colegio en el que yo estudié, juegan al fútbol, pintan, leen, ven la tele, ríen y lloran, disfrutan de sus abuelos, de sus primos, de sus tíos, de sus amigos e incluso, de los míos. Fue el destino quien les llevó a esta vida, mi destino.

Vivirían de la forma más normal posible también en el piso del barrio de El Pilar de Madrid en el que yo residía cuando trabajaba allí. Irían a otro colegio, jugarían en otros equipos de fútbol, pintarían, leerían, verían la tele, reirían y llorarían, disfrutarían de sus abuelos, primos, tíos (mucho menos tiempo, eso seguro), de sus amigos y de los míos.

Los niños viven de la forma más normal posible en un piso de cincuenta y dos metros cuadrados, en uno de ciento catorce, incluso en una finca de más de dos mil, con piscina o sin ella, con casa de invitados o sin ella. Siempre para ellos es normal su forma de vida. Es lo que sus padres les ofrecen y, queramos o no, tenemos la inmensa responsabilidad de ser su guía vital, al menos, hasta la adolescencia.

Lo malo es cuando lo normal se transforma en anormal por el mero hecho de que no encaja. Entonces los niños acaban descolocados.

Sin horizonte

Hay demasiadas cosas que suceden que sólo tienen una explicación, buscan provocar. Quieren desatar una reacción y, si es negativa, mucho mejor. ¿Por qué? Porque así tendrán justificación para sus propias acciones posteriores que serán aún peores. Y porque así logran el principal objetivo, entrar en la espiral de no retorno.

Somos las sociedades del sin fin, aquéllas que hemos vivido tiempos convulsos, de cambios no violentos, pero brutales. Estamos metidos en círculos viciosos que son inexplicables. Tropezamos una y otra vez con la misma piedra y no acabamos de solventar problemas históricos que se repiten y se repetirán porque, sólo así, se sostiene el discurso de muchos, por no decir, el discurso de todos.

No hay argumento del contrario que merezca ser escuchado. No hay paso adelante que no busque tapar al que viene por detrás. No existen manos tendidas que no esperen recompensa. No hay memoria histórica que no sirva para reprochar. No hay futuro constructivo que no destruya el pasado.

No hay un horizonte claro porque el presente es opaco.

Por casualidad

Hace un par de semanas las redes sociales se llenaban de confesiones de periodistas que escribían el motivo por el que se dedicaban al que García Márquez describió como “el mejor oficio del mundo”. También de afirmaciones de personas, que no se dedican a esto, pero que ponían a la profesión por los suelos. No tenéis más que entrar en twitter, buscar el hastag #soyperiodistaporque, y comprobar que hay pocos elogios y demasiadas descalificaciones. De todo lo leído esos días me quedo con un tweet que me hizo reír por su genialidad y sinceridad, el de una compañera de redacción que escribía “#Soyperiodistaporque tiene que haber de todo”. Yo, #Soyperiodistaporque lo quiso la casualidad.

Así que sí, no es una vocación infantil, ni siquiera juvenil. Fue una elección al azar. Entre las posibilidades que se me abrieron para ir a estudiar fuera de Asturias ésta fue una de las que más me llamó la atención, y ahora, con perspectiva, creo que puedo decir que no elegí mal. No fue en la facultad donde conocí la profesión, si no, en las redacciones donde tuve la posibilidad de entrar. Redacciones que, como decía este lunes Soledad Gallego-Díaz, estaban “al servicio de un colectivo y te sientes orgullosa de ellos. No te alegras solo de tu propio trabajo, sino de aquel que ha conseguido otro compañero…” en las que se disfrutaba de “… esa efervescencia que se vive cuando los periodistas quieren contar lo que sucede. Es un espectáculo maravilloso”.

Y lo realmente maravilloso es participar en el espectáculo. No tienes que ser protagonista, basta incluso con ser atrezo en esos momentos clave en los que todo se altera, nadie puede estar quieto, todos sabemos que tenemos que servir a nuestros espectadores, oyentes, lectores, con rigor, con profesionalidad, con ganas de reflejar lo que pasa, porque somos testigos directos y sabemos que la actualidad está cambiando las cosas.

Llevo en esto desde el año 1998, cuando un verano fue interrumpido por una llamada telefónica que me hizo viajar de la playa del Sardinero a la redacción de Telemadrid y ya nada volvió a ser igual. Me encontré tanta gente buena por el camino que me enseñó y me hizo querer esta profesión. Sin ellos y ellas no hubiese aprendido nada. No los enumeraré porque me dejaría alguno en el tintero y no sería justo. Pero desde aquí les digo que fue un auténtico placer verles trabajar.

#Soyperiodistaporque la casualidad lo quiso y ahora, no sé ser otra cosa, no quiero ser otra cosa.

Palabras

Dan sentido a todo. A lo que sentimos, a lo que pensamos, a lo que negamos, a lo que afirmamos, a lo que lloramos, a lo que celebramos, a lo que gritamos, a lo que susurramos. Todas aquéllas que se pronuncian construyen. Lo malo está en las que no llegan a verbalizarse, en las que se quedan en la garganta y en el cerebro, en las que no se transforman en sonido ni en trazo escrito. Todas ésas destruyen nuestra propia realidad. Acaban formando un nudo en la garganta o un martilleante dolor de cabeza.

Por eso hay que sacarlas, porque si no dentro de nuestro cuerpo acaban acumulándose en un cóctel explosivo que, tarde o temprano, estalla. Y entonces es peor, mucho peor. Lo que eran argumentos serios, reflexionados, bien estructurados, acaban en retahílas altisonantes lanzadas al viento sin ton ni son. Y pierden la razón, y pierden su valor, y todo es un tremendo lío en el que nadie se entiende.

Cuanto más largos son los silencios más peligro de tormenta existe. Las palabras son caprichosas, quieren salir, buscan hueco y se colocan en las vísceras. Presionan hasta lograr su objetivo y si no lo logran, te destrozan por dentro.

La talla

Cuando mi hijo nació yo tenía la casa llena de bodys, pijamas y trajecitos de bebé, que iba a heredar de su hermana, todos talla 0. No le sirvió ninguno porque llegó a este mundo con cinco kilos de peso y claro, tuve que sacar las cajas de los bodys de 3 meses. La solución fue rápida. Se trataba de buscar algo más grande y ya.

Desde que somos bebés hasta que nos convertimos en adultos es fácil adaptar la talla al cuerpo, vas sumando número a la etiqueta y poco más. Hasta que llegas a un punto en el que no creces, como mucho, engordas o adelgazas, pero casi siempre te mueves en un mismo número, en una misma talla, dos arriba, dos abajo.

Lo complicado es cuando hablamos de otro tipo de talla. Una va creciendo y adaptando su vida a un modelo propio que no desencaje mucho del puzzle social. Pero a veces, en ese puzzle, la talla se queda corta o demasiado amplia. Sobra espacio por todos los sitios o chocas con otras piezas porque no entras en el hueco que te queda. Y no es cuestión de adelgazar o de engordar, de sumar o de restar un par de números. Ni siquiera se trata de crecer o rejuvenecer.

Simplemente no encuentras tu traje porque no das la talla.