Resistencia

Noche cerrada en el Pozu San Luis y sólo eran las siete de la tarde. La plaza frente a la casa de aseos abarrotada de coches y ni una sola luz que alumbrase la explanada. No hacía falta, todos sabían dónde tenían que entrar y lo hicieron. Sólo había dos bancos que se quedaron más que pequeños. La gente se buscó su hueco en las escaleras laterales, en el hueco de las duchas, en los pasillos de las taquillas, bajo las perchas de las que colgaban monos de faena y al lado de los cascos de los mineros. Todos encontraron su sitio porque no querían perderse la presentación de Los niños de humo. 

No había ni un periódico, ni un fotógrafo en acto de servicio, ni tampoco estaba la TPA. Un fallo en la planificación de sus responsables (aquí entono el mea culpa) porque no iban a inmortalizar el acto literario más importante de la Cuenca del Nalón de la jornada, de la semana y, probablemente, del mes. Y ya paro. Pero sí había muchos periodistas, muchos fotógrafos, y sobre todo, güeles de humo, padres y madres de humo, hijos y hijas de humo y, forzando, guajes y bebés de humo. Porque aunque ya nada huela ni a humo ni a carbón, es una esencia que se lleva en la sangre. 

Frente a toda aquella gente un editor, claramente sorprendido por el éxito de convocatoria, y una escritora, me atrevería a decir, abrumada y sorprendida por lo mismo. Había familia, cómo no iba a haberla, y había amigos, muchos y muchas, pero también había gente que iba porque quería conocer a Aitana Castaño, esa periodista de caleya que arrasa en facebook cada vez que escribe algo, con su sinceridad y sorna natural, con ese humor negro del que ella habló y que, como bien explicó, muchas veces no se entiende fuera de las fronteras de las cuencas mineras asturianas. 

Aitana habló mucho, si no, no sería Aitana. Lo hizo con una camiseta especial en la que se veía una fotografía  de un grupo de mineros posando en el frente del Pozu Sotón, un 14 de agosto de 1942. Entre aquellos paisanos, el sexto por la derecha, era su güelu. Aitana habló mucho y deprisa, quizás un poco más rápido de lo habitual por los nervios. Aitana habló al micrófono, como si estuviese en una conexión radiofónica o haciendo un directo en la tele, ese medio de comunicación que unió nuestras vidas hace ya seis años. Aitana habló y habló y todos la escuchamos y aplaudimos. 

Porque no pudo encontrar un marco mejor para arrancar la gira de presentación de su libro, ni un lugar más adecuado para hablar del porqué de su decisión de publicar 37 relatos acompañada, nada más y nada menos, que de Alfonso Zapico. Es una deuda que salda, en su nombre y en el de todos nosotros, los niños de humo. Los de “la primera generación de las cuencas que no trabaja en la mina y la última que lo podemos contar porque la vivimos directamente”. Los de la emigración por oportunidades laborales y los de la “resistencia”, que tenemos la suerte de seguir aquí. Todos sabemos, como Aitana dijo, que existen unos valores que nos unen, que nos definen, que marcan nuestra identidad. Unos valores que llevamos más allá de nuestras fronteras y que son muy nuestros. 

Gracias Aitana, gracias Alfonso, por dar este paso por todos nosotros. Yo hoy quería dedicaros este pequeño post. 

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