Ella sabía la verdad

Otra noche con pocas horas de sueño. Otra mañana con dificultad para levantarse de la cama. Otro día de locura por delante. Otra jornada deseando volver para ponerse el pijama, sentarse en el sofá y perderse en una serie de ficción hasta altas horas de la madrugada. Un día menos en el calendario, un día más de su vida. Nada más y nada menos que eso, un día más de su vida.

Eran vertiginosos, todos, pero eran. Y eso llenaba cada uno de importancia. Porque sabía que para muchos, ya no, ya no podían ser, y eso sí que era triste. Así que cada lágrima, cada sonrisa, cada riña, cada conversación agradable, cada café, cada saludo, cada desprecio, cada detalle, todo era un enriquecimiento del tiempo, de ese tiempo que siempre superaría a la vida.

Su pelo era moreno, sus ojos, marrón-verdoso, según aquéllos que la miraban bien. Su rostro sincero, con ojeras por las escasas horas dedicadas a dormir y por las preocupaciones. Su sonrisa y su sinceridad, su mayor tesoro, aunque en ocasiones su peor enemigo. Con defectos, como todos. Sin embargo muchos se empeñaban en verla rubia, de ojos azules. Con una cara de cemento armado por el cinismo. Mentirosa y mal encarada. Para nada una persona en la que confiar.

No le importaba. Ella, sabía la verdad.

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