Palabras

Dan sentido a todo. A lo que sentimos, a lo que pensamos, a lo que negamos, a lo que afirmamos, a lo que lloramos, a lo que celebramos, a lo que gritamos, a lo que susurramos. Todas aquéllas que se pronuncian construyen. Lo malo está en las que no llegan a verbalizarse, en las que se quedan en la garganta y en el cerebro, en las que no se transforman en sonido ni en trazo escrito. Todas ésas destruyen nuestra propia realidad. Acaban formando un nudo en la garganta o un martilleante dolor de cabeza.

Por eso hay que sacarlas, porque si no dentro de nuestro cuerpo acaban acumulándose en un cóctel explosivo que, tarde o temprano, estalla. Y entonces es peor, mucho peor. Lo que eran argumentos serios, reflexionados, bien estructurados, acaban en retahílas altisonantes lanzadas al viento sin ton ni son. Y pierden la razón, y pierden su valor, y todo es un tremendo lío en el que nadie se entiende.

Cuanto más largos son los silencios más peligro de tormenta existe. Las palabras son caprichosas, quieren salir, buscan hueco y se colocan en las vísceras. Presionan hasta lograr su objetivo y si no lo logran, te destrozan por dentro.

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