La talla

Cuando mi hijo nació yo tenía la casa llena de bodys, pijamas y trajecitos de bebé, que iba a heredar de su hermana, todos talla 0. No le sirvió ninguno porque llegó a este mundo con cinco kilos de peso y claro, tuve que sacar las cajas de los bodys de 3 meses. La solución fue rápida. Se trataba de buscar algo más grande y ya.

Desde que somos bebés hasta que nos convertimos en adultos es fácil adaptar la talla al cuerpo, vas sumando número a la etiqueta y poco más. Hasta que llegas a un punto en el que no creces, como mucho, engordas o adelgazas, pero casi siempre te mueves en un mismo número, en una misma talla, dos arriba, dos abajo.

Lo complicado es cuando hablamos de otro tipo de talla. Una va creciendo y adaptando su vida a un modelo propio que no desencaje mucho del puzzle social. Pero a veces, en ese puzzle, la talla se queda corta o demasiado amplia. Sobra espacio por todos los sitios o chocas con otras piezas porque no entras en el hueco que te queda. Y no es cuestión de adelgazar o de engordar, de sumar o de restar un par de números. Ni siquiera se trata de crecer o rejuvenecer.

Simplemente no encuentras tu traje porque no das la talla.

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