Regreso

Alguien me dijo ayer que tengo que cambiar de mentalidad y sé que fue un consejo bienintencionado que lo único que pretende es que yo pueda vivir más tranquila y menos cabreada. ¡Qué queréis que os diga! No lo veo posible. También alguien me dijo ayer que yo era una inocente, más de lo que aparentaba, tanto, que acabó llamándome utópica. Tiene toda la razón.

De esta afirmación y el anterior consejo saco dos conclusiones. Debo dejar de perseguir lo imposible y conformarme con lo real y tangible. Tengo que asumir que esta realidad con la que vivo es imposible de cambiar. Es preferible para mi salud y para mi entorno. Pero aún así, soy más terca que utópica y me cuestan los cambios. Me cuestan sobre todo los de mis pensamientos y mis creencias, los de mis luchas internas y externas, los de mis costumbres y responsabilidades, los de mis sentimientos y mis pensamientos… Me cuestan.

Tanto que, en vez de cambiarlos, voy a retenerlos y aprender a gestionarlos. Y voy a empezar por expresarlos. Sin cortapisas, sin contenciones, sin freno. Con reposo y buenos argumentos, pero evitando ese silencio que hace que el ruido esté retumbando en mi interior. Carcomiéndome por dentro y por fuera. Convirtiéndome en algo que no soy y no quiero ser. Por eso, aquí estoy y, esta vez, no pienso irme.

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