Baloncesto

Hacía tiempo que no me sentaba delante de un televisor a ver un partido, más que nada porque los que se suelen emitir son de fútbol y el fútbol, me cansa. No sé, creo que es por ese tufillo de negocio que lo envuelve. Aunque no le hago ascos a un buen derbi, sobre todo en buena compañía y con una caña bien fría. Pero no me emociona ver a los jugadores dar patadas a un balón. Me gusta más ver a los que hacen filigranas con sus manos, esquivando vigas de dos metros o alzándose a casi siete metros de distancia, para meter la pelota en una canasta.

No voy a decir que he vivido todos y cada uno de los partidos de este Eurobasket al detalle, porque mentiría. Sabía que había un europeo. De hecho más de una tarde estuvo de fondo en la redacción, despertando de vez en cuando los comentarios de algunos compañeros. Yo, de refilón, veía que España iba pasando. Hasta que llegó la semifinal ante Francia y, con los peques ya acostados, me senté en el sofá delante del televisor, sin poca fé. Por eso de ser Francia y de las estadísticas y los antecedentes.

Y entonces pasó. Se me olvidaron los problemas, las angustias. Mi ánimo decaído se fue llenando de adrenalina y empezó a resucitar en mí el espíritu forofo que todos llevamos dentro y que yo paseé muchas veces por las gradas de más de un polideportivo en mi adolescencia, siguiendo a un grupo de amigos que han dedicado gran parte de su vida a este deporte de la canasta. Me quedé sola frente al televisor, aplaudiendo, gritando, disfrutando. Y España ganó.

Ayer, por circunstancias de la vida, no pude sentarme con la misma dedicación ante el televisor. Pero fui viendo retazos de un encuentro mucho más tranquilo, más dominado desde el principio, en el que esos chavales fueron demostrando lo que es jugar en equipo, creer en uno mismo y alzarse con el oro. Sin prepotencia, con dedicación y esmero, con maestría y humildad. Y ganaron. Y yo, corriendo de un sitio para otro, conseguí disfrutarlo de nuevo. Volver a sentir ese espíritu forofo que me devolvió a esos años atrás en los que descubrí que el baloncesto, un deporte que apenas practiqué, tiene una belleza especial.

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