Cuestión de ADN

Poco se puede añadir a todo lo escrito los últimos meses sobre Remine: el último movimiento obrero. Poco o mucho, depende de cómo se mire. Remine es una película documental que por circunstancias de la vida va a llegar a las grandes pantallas asturianas, a ese cine comercial que rara vez proyecta cine no ficción, y ya no os digo en las cuencas mineras. No recuerdo muchos documentales que se hayan proyectado en los Artesiete del Nalón y del Caudal. Pero es que Remine nació para verse en esas butacas. Mejor dicho, Remine nació para sentirse en esas butacas.

Porque este documental que resume, en poco menos de dos horas, lo que pasó el verano de 2012 en las carreteras, en los montes, en los pozos, en las casas, en los parques, en los bares, en las tiendas, en las calles, y en los corazones de la gente que vive alrededor de esos cines donde va a proyectarse, puede verse y puede sentirse. Sentirla es “cuestión de ADN”, y entrecomillo la expresión porque no es mía.

Remine es el reflejo de una cámara empotrada en medio de un conflicto laboral que volvió a mostrar a todos que la solidaridad existe, que el compañerismo no es algo en extinción, que la memoria es muy importante y que el coraje no se extingue pese a la derrota, es más, puede acrecentarse por ella.

Una solidaridad que los mineros vieron en sus vecinos, en todos los asturianos, pero sobre todo, en las cunetas de la carretera que recorrieron camino de Madrid, y allí, en la capital, en una noche oscura que pocos olvidarán. Yo, que aplaudía desde una de las aceras de Gran Vía, jamás lo haré.

Un compañerismo que, pese a los reproches a quienes no quemaron neumáticos, no cortaron carreteras, no secundaron el paro general o no se concentraron en los Pozos, se respira en el ambiente y dormita en el aire de unos territorios que saben que allí, ese sentimiento no puede morir, porque moriría parte de su identidad.

Un coraje que permitió mantener más de dos meses la lucha viva, pese a que la derrota se atisbaba al final del túnel. Que consiguió no arredrar a nadie, aunque no se estuviese convencido de algunas decisiones. Una irritación que explota en la intervención final de ese representante sindical que, cuando todos están a punto de volver al tajo, revienta con un discurso en el que apenas encuentra palabras pero que todos entendemos.

Y sobre todo, Remine es memoria, memoria viva necesaria. Memoria del siglo XXI y de todo el siglo XX. Con maestría, en las imágenes de 2012 irrumpen, inesperadamente, flashes de otros tiempos. Sugen fotografías y filmaciones, que hacen entender, al que ve la película, el porqué de esos meses de verano de hace apenas dos años. Al que la siente, simplemente, se lo recuerda, porque quienes la sienten, conocen de sobra ese porqué.

Y sentirla, como ya dije, es “cuestión de ADN”.

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