Sin más

Con sigilo y sin que te des cuenta. Llega poco a poco y te invade. Cierras los ojos y lo sientes. Eres capaz de adivinar cómo en cada rincón de tu cuerpo corre la sangre. La percibes, como el agua de un río caudaloso pero a la vez manso. Como una corriente de tranquilidad que te llena de bienestar. Como un soplo de aire cálido que te trae mil aromas a la vez: el de la hierba recién segada, el de la tierra mojada después de una tormenta, el del pan que sale del horno, el de la leña que se quema en el fuego, el de una copa de buen vino… Y mil sonidos: el de las olas del mar, el de las hojas de los árboles movidas por una brisa otoñal, el del silencio amortiguado de la nieve que cae en invierno, el de los pájaros que te avisan de que ya es de día y luce el sol…

Son oásis en ese desierto de vértigo que es tu vida y no los puedes dejar escapar. No quieres, ni querrás nunca jamás. Porque han llegado sin que tú los busques, de manera inesperada y, poco a poco, te han invadido, sin más. Los has conseguido sin intentarlo, simplemente porque la vida te ha dado la oportunidad.

Te sientes bien, te sientes pleno, invulnerable, capaz de todo. Y lo disfrutas. Te permites el lujo de disfrutarlo. Porque son instantes inmensos e irrepetibles.

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