De la piedra al papel

Dice el saber popular que “las palabras se las lleva el viento”, así que mejor dejar constancia de ellas. La manera más fiable de hacerlo, ya desde tiempos ancestrales, es escribirlas. Nadie podrá decir luego que no existieron, que no se pronunciaron, que son una invención. Existe una prueba palpable y éso suele cargar de razón a su autor. Aunque hay que tener en cuenta la variable futura del criterio de quien interpreta lo escrito.

Los entendidos cuentan que las pinturas y grabados de los hombres prehistóricos dan fe de cómo vivían, de cómo cazaban y se repartían su botín. Relataban su día a día con su particular método de escritura, el dibujo. Así que todos nos creamos en la cabeza imágenes de humanos con lanzas corriendo detrás de bisontes que luego cocinaban en fuegos y compartían en comunidad, en la oscuridad de sus guaridas, adorando al dios fuego. Todo, pura imaginación, eso sí, basada en los estudios de historiadores a los que yo no quiero restar importancia.

Pero todos sabemos que eso es prehistoria. Con el tiempo se abandonó la piedra y llegó el papel. Se dejó de dibujar y se inventaron las letras y los números, y así, el hombre evolucionó y empezó a escribir. Pero no por escribir dejó de cazar y de repartirse el botín. Simplemente aprendió a hacerlo de una manera más ordenada y civilizada, sin sangre de por medio. Ya no hubo lanzas, ni violencia. No. El pastel estaba ahí, encima de la mesa, llegaba solo, sin pedirlo, porque había amigos dispuestos a colaborar con la causa. Sólo había que inventar una jerarquía que permitiese un reparto justo. Y para dejar constancia, se escribía y se apuntaba qué se llevaba cada cual.

Así que todos nos imaginamos despachos lujosos en los que hombres con corbata cogían sus plumas montblanc y apuntaban, con letra rápida y desgarbada, ésto para fulano, lo otro para mangano, … Con paciencia, con tiento, con una sonrisa en la cara y el convencimiento de qué bien estaba saliendo todo.

Pero ésto es también pura imaginación, eso sí, basada en los estudios de los grafólogos, a los que, como a los historiadores, yo no quiero restar importancia.

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