Altas temperaturas

Son normales en esta época del año, por algo estamos en verano. Pero aquí, en el norte, no estamos acostumbrados y por eso nos sofocamos tan pronto y llenamos playas, piscinas, ríos,… porque necesitamos refrescarnos. Nadie como nosotros sabe disfrutar mejor del calor porque nadie lo añora tanto, nadie lo siente tan extraordinario. Me refiero al calor ambiental porque para subir nuestra temperatura no hace falta mucho. Dicen que somos de calentura rápida, por carácter.

La mía sube y baja a un ritmo vertiginosos que no sé cómo no me hace estar con resfriado más de la mitad del año. Será que he aprendido a templar y los periodos de estabilidad consiguen una media racional. Aún así, mis subidones de temperatura me hacen perder, en muchas ocasiones, la razón, si por razón se entiende “cargarse de paciencia para actuar después con más fundamento”.  Y es que la paciencia es mi asignatura pendiente.

Así que me toca apechugar con ello y vivir en un sube y baja continuo, en un cabreo infinito, ante la desesperación de no poder cambiar las cosas, y una calma que deja mi cuerpo agotado después de la tempestad. Lo fundamental es encontrar el bálsamo, ese punto zen con el que mucha gente cuenta y que yo no acabo de lograr, tal vez, porque la cultura oriental no ha estado nunca entre mis inquietudes. Demasiado latina.

Por eso mi temperatura corporal es alta, unos treinta y siete grados celsius si ahora mismo me pongo el termómetro y, cuando vivo episodios febriles, se dispara por encima de los cuarenta.

¿Algún consejo para enfríar?

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