Callar

Nos mandan hacerlo desde pequeños, desde que nacemos. Lo primero que se intenta de un bebé es que no llore, que guarde silencio, que no haga ruido, porque eso indica, según la sabia humanidad, que está tranquilo, a gusto. Así que les llenamos la boca de tetas, biberones, chupetes,… todo, para que no gurgute.
Cuando empezamos a balbucear nuestras primeras palabras, por llamarlas de alguna manera, también nos piden que nos callemos, que escuchemos. “Batata”, dice el pequeño. “No, batata no. PA-TA-TA, calla y escúchame. Repite, PA-TA-TA”. Como que no existiese batata, pero para qué explicárselo.Y así una tras otra. Para que hablemos correctamente y si no lo hacemos, pues mejor callar.
Luego llega la edad escolar y entonces sí, ahí sí que la principal virtud del alumno es saber callar y escuchar al profesor. En silencio, con los ojos bien abiertos, para que la sabiduría de los libros, del encerado, del adulto, vaya metiéndose en nuestra mente, haciendo de nosotros, poco a poco, hombres y mujeres de bien. Bien educados, quiero decir, que sepan callar a tiempo respetando al que realmente sabe.

Así que éste es el secreto de un gran refrán: “El que calla otorga”.

Nos callamos porque nos han enseñado a hacerlo para que se escuche la verdad, lo correcto, lo que importa, lo que dice el que sabe, el adulto, el que nos educa. Y cuando somos adultos, ¿por qué seguimos callando? Se supone que ya tenemos sabiduría adquirida para poder hablar, con educación, con respeto, con nuestra razón. Para argumentar que el que opina diferente está equivocado, al menos, según nuestro pensamiento. Para compartir ese pensamiento e intentar alcanzar acuerdos, o si no, para poner al oponente frente al espejo.
Pues no, nos callamos. Y al hacerlo, otorgamos la razón al que no piensa como nosotros y al que, nosotros, queremos poner frente a ese espejo para que vea el esperpento de sus razonamientos. Porque existen razonamientos esperpénticos, si es que se merecen ser calificados como razonamientos. Para ser tal cosa, tienen que estar dotados de razón y, lamentablemente, hay muchos actos hoy en día que carecen absolutamente de ella, porque no se piensa antes de acometerlos. Se actúa a las bravas, sin pararse, sin recapacitar. Se actúa porque el silencio de los demás nos llena de energía para seguir haciéndolo, pese a quien pese, me lleve a quien me lleve por delante. Y luego, claro, así nos luce el pelo. Y ¿de quién es la culpa? La culpa es compartida. Es del que lo hace mal y del que calla ante quien mal lo hace.

El que calla, siempre otorga, y además, demuestra cobardía. Yo hoy, me siento una cobarde.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s